Mostrando las entradas con la etiqueta La carta del nieto. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta La carta del nieto. Mostrar todas las entradas

La carta del nieto

Nunca es tarde para aprender, esa fue la frase que lo trajo a mi clase, alguien se lo dijo por ahí y la recordó hace un par de meses, tiene 75 años y su nombre es Juan de Dios Painequeo.

Juan vivió siempre en zona rural, en la tierra de su familia, criaba alpacas y llamas, hace queso de cabra para vender y me trae de regalo, cada vez que sube, las mejores tunas que he comido y un charqui de llamo que todos quisieran.

Tiene unas manos ásperas, gruesas venas, me habla de sus matas y sus bestias, a las que llama con cariño “mis allphachu y qwara”,

Para el yo soy “Imilla yatichiri” y dice que phaxsi y warawara se sentaron en mis nayra y que mi edad no concuerda con mi sabiduría y mi paciencia para enseñar a un achachila awki como él.

Antes de empezar, nos presentamos, quedamos de acuerdo en llamarnos por nuestros nombres, aunque ellos insisten en llamarme imilla, tal como lo hace Juan.

Cuando se sentó a la mesa, dejo junto a su cuaderno una carta de su allchhi, su madre, la hija menor de Juan, vive en otro país, y su hijo de 7 años le ha escrito, sólo le ha visto por fotos y oído por teléfono, pero ambos sienten un profundo amor.

Esta es la primera carta que Juan de Jesús Smith escribe, cursa primer año de primaria y ya sabe leer y escribir la mayoría de las letras, la presenta como trofeo, con un orgullo enorme, su nieto le ha escrito...

¿Quiere que le lea la carta don Juan?- le pregunto

NO- me responde- quiero hacerlo yo mismo.

No se si avergonzarme o pedir disculpas, pero el anciano me dice:

Imilla, no se moleste, le agradezco, pero he venido a su clase para aprender a leer la carta de mi allchhi- éste será un aliciente para aprender, quiere responderle.

Juan alguna vez estuvo en la escuela, cuando muy pequeño, unos curas le trataron de enseñar y el prefería pastar a sus animales, algo aprendió, a escribir su nombre y nada más, pero era más de lo que sabían mis otros dos alumnos.

La letra A fue muy fácil de enseñar, toda redonda con su vestido de cola y la O, con todo y su sombrero, en dos horas, reconocieron tres vocales y aprendieron a dibujar dos letras, mi primera clase podía llamarse un éxito.

Las clases avanzaron, la M, L, P y D, hicieron que Juan abriera la carta, con letras grandes y redondas, decían algo que Juan no nos dejaba ver, pero cada letra aprendida, el la buscaba en su preciado tesoro.

Estaba tan apurado por aprender, que lo llamé mi asistente, pero el se me adelantaba en lectura, así que por el bien de mis otros alumnos, comencé a enseñarle a el a la medida que avanzaba, peleando constantemente en que aprendiera a escribir tan rápido como aprendía a leer cada letra.

Juan cada día me sorprendía, dejó de ir a las clases regulares y le comencé a dar clases especiales, la verdad es que avanzaba a pasos agigantados y ya mis otros dos alumnos comenzaban a desanimarse.

Yo no se bien la historia del creador del Silabario hispanoamericano, pero estoy muy segura, que ese genio merece un Nóbel, Juan se me adelanta sin que yo pueda evitarlo, la carta de su allchhi, lo tiene muy entusiasmado, hoy regresó a sus clases regulares, aprendió a leer, pero ahora siente la necesidad de escribir, al fin comprende que “pintar” las letras es tan importante como “cantarlas”.

Cuando vio que sus compañeros se desalentaban al verlo tan resuelto con sus letras y sus pequeñas lecturas de los ejercicios de la pizarra, Juan se puso de pie, sacó de su bolsillo la preciada carta y la leyó en voz alta con la dificultad que presentan todos los que recién aprenden a leer y con el orgullo brotándole de los poros .

“Tatita:
Aquí en España estamos muy felices, pero nos faltas tú, mamá espera más nietos para ti, son dos y serán niñitas.
Quiero que te vengas aquí conmigo, yo te amo mi tatita, pero yo quiero mostrarte mi escuela y mis amigos y los edificios grandes, quiero que me veas en mi bicicleta y darte el diente que no le dejé bajo la almohada al ratoncito.
En Julio estoy de vacaciones, todavía hay tiempo, contéstame en secreto esta carta, si me dices que si, yo le digo a papá que te traiga en un avión.
Recibe un beso grande grande de tu nieto que te ama mucho

Juan como tu, pero de Jesús.”


Mi nieto no sabe que no sé escribir, tampoco sabía que no sé leer, así que se me van apurando, contestaré ésta carta y cuando viaje en Julio a ver a mi allchhi, les voy a llevar una carta de ustedes también.

Juan se sigue esforzando en aprender, más que nadie que yo hubiese visto en mi vida, mis otros dos alumnos se incentivaron también, Juan irá a las vacaciones de su nieto, ya lo ha hablado con su hija, pero quiere responderle a su nieto como se lo merece. Ya ha preparado con quien va a dejar a sus allpacho y qwara, también sabe que no puede llevarle quesos o tunas al niño, pero lleva un abrazo que le tiene guardado desde que él nació.

Siento una gran alegría por Juan y una satisfacción que no creo merecer, pero sigo sintiendo en el alma, que las palabras escritas, son un instrumento que siempre suena afinado.


Allpacho: alpacas
Qwara: llamas
imilla: niña
yatichiri : profesora
Phaxsi: luna
warawara :estrellas
Nayra: ojo
achachilaa: abuelo
awki: viejo
allchhi: nieto


Relato merecedor del segundo lugar regional de  Historias, cuentos y poesías del mundo rural”  organizado por FUCOA 2008, publicado en la antología del mismo nombre