Solitaria en libertad...


Caminaba solitaria por la avenida principal, de esas antiguas avenidas con nombres de generales de batallas o padres de la patria.

Aun no terminaba de salir el sol, la neblina ya no era tan espesa como cuando abrió los ojos. No llevaba apuro alguno, todo su ser se limitaba a dar un paso tras de otro, vaciaba su mente a fuerza de recordar una dulce melodía de Debbusy que se le antojaba ideal para aquella hora, aquella luz, aquella temperatura.

Todo lo que quería era llevar música en su ser. No hacia mucho habría recobrado su preciada libertad, se encontraba al fin sola, acompañada de si misma, una compañía que ella misma evitaba hace un tiempo atrás…

Todo le parecía maravillosamente diferente, había andado los mismos pasos, por las mismas calles, pero ahora que no pensaba, que las flautas traversas llenaban su cabeza, encontraba su pensamiento libre de expandirse a re encantarse con lo cotidiano.

Sus pies estaban fríos, pero no más que los ojos, los pocos ojos que la veían pasar.

Hace unos días, el otoño había dicho adiós, sólo quedaba el vestigio de algunas cuantas hojas que penosamente navegaban por el canal a su derecha, la lluvia en cambio, que había atormentado sus sueños aquella noche, amenazaba con cubrirla al menor descuido del sol, un triste sol que sólo alumbraba pero que no daba calor.

Se detuvo impresionada ante la desnudez de los árboles y sentía que su alma estaba así, desnuda, abandonada.

Una vez mas lloró, ya no era tan doloroso, era parte de si ese llanto, la angustia, ya no recordaba tiempos en los que no tuviera esa sensación de ardor y  opresión en el  pecho, de las lágrimas a un paso de escaparse, de sus puños y dientes apretados en la dominación, reconocía en si la tranquilidad, pero no sabía de felicidades

Se sentó a orillas del canal, entre todos los sauces en la orilla, uno en particular le pareció acogedor y se sentó apoyando su espalda en el tronco, el agua fría le refrescaba los pies que en ese instante palpitaban, quién sabe cuantas horas llevaba andando, hacia varias horas la avenida se había acabado, el pueblo se había acabado…

Otra vez llovía, pero ya no sentía miedo, miró a su alrededor y descubrió la felicidad de la soledad, la caricia del silencio, se miró las manos vacías y al fin, logró reír a carcajadas, era libre y en ese instante, aprendió que significaba felicidad, bajo el sauce se sentía a salvo

Una mañana, parecida a las anteriores, la encontraron, seguramente llevaba ahí dos o tres días, estaba enredado su cuello entre las ramas de un sauce, sus pies en el agua y una sonrisa en el rostro…


Dedicada a mi querido tunante, 
sólo tu podrás ponerle el sonido de Debbusy que corresponde ...


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