¡Efatá!

¡Efatá!

Esa fue la primera palabra que mis oídos escucharon el día que nací por segunda vez, ese día en que aquel Hombre pasó por el lago de Galilea, y me arrastraron hasta él, y yo no sabia que pasaba, me resistía, no entendía lo que sucedía.

De pronto, frente al Hombre, la paz me invadió, sus ojos decían todo, yo que nunca entendí nada, de pronto lo comprendí todo y me abandoné a la bondad que reflejaba.

Me tomó de la mano y me apartó de la multitud que me miraba con curiosidad, siempre me miraban con desprecio o compasión, pero ahora me miraban con la curiosidad del que espera algo mágico.

Metió sus dedos en mis oídos, sin lastimarlos, luego con su saliva tocó mi lengua, miró al cielo como buscando y encontrando algo y ahí estaba ¡Efatá!, que quiere decir ¡Ábrete! retumbó por primera vez un sonido a mis oídos.

Con mucha humildad me pidió por favor que no divulgara lo que Él había hecho, pero mi lengua torpe y mis oídos cerrados, no comprendieron las palabras, pues nunca antes las había escuchado, mi alma se regocijaba y quería compartir con el mundo entero que Aquel, me había dado vida nueva con una muestra de amor que no esperaba de un semejante. Él había hecho que mis oídos escucharan y mi boca hablara, aunque nadie me creyera, yo hablaba de la grandeza del corazón de aquel Hombre.

De pronto, una voz en mi me envió a seguir escuchando lo que el Hombre decía y caminé días enteros siguiéndole, le rogué a Dios por entendimiento, a ese mismo Dios que aquel Hombre decía Padre, lo vi multiplicar unos peces y unos panes y alimentar a miles ¿Quién era aquél que podía alimentar los estómagos y las almas de los que lo seguíamos?

Nunca fui parte de los doce amigos más cercanos, me mantenía a una distancia prudente, pero siempre atento a cuanto enseñara, sus palabras atravesaban como fuego mi corazón…

Sentí morir cuando lo vi clavado en el madero ¡como sufría!... yo odiaba a quienes lo habían lastimado de aquel modo, pero Él no, el los perdonaba desde el lugar en donde estaba, los comprendía y cuando lo vi a los ojos, supe que lo que tenía que hacer era seguir todo lo aprendido, no odiar, si no AMAR.

La tierra se oscureció, tembló y llovió, pero amar a aquel Hombre, me infundió valor y esperanza mientras los demás corrían a sus casas, durante dos días, no se hablaba más que de lo ocurrido, al tercer día, se decía que Él ya no estaba en el sepulcro, ciertamente, alguien lo había sacado de ahí.

Lo busque por todos lados, estaba seguro que lo encontraría junto a sus amigos, pero no lo hallé, había estado ahí pero ya se había marchado, muchos comenzaban a decir que el Hombre había resucitado.

Días más tarde, escuché que lo habían visto en Emaús y hacia allá dirigí mis pasos, mientras andaba, los escuchaba hablar y me gustaba poder decir, a Aquel yo lo conozco, el sanó mis oídos y mi lengua.

Llevo años caminando, dejé de contar el tiempo cuando comprendí que mi misión de amor no podía estar condicionada al tiempo, a pesar de ser anciano, no me detengo, lo sigo buscando, mientras camino, enseño todo lo que Él enseñó y que yo escuché por que Él me había sanado los oídos y la lengua… y le cuento a todo aquel que quiera escucharme, que cuando oí ¡Efata! aprendí a AMAR de un modo nuevo.


Inspirado en: Marcos 7: 31-37

A Bernardo Yañez Stumptner...

2 comentarios:

diminui dijo...

Te informamos que este blog ha sido aceptado en el directorio de blogueratura.com, el lugar de la literatura independiente.
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Gracias por seguir publicando la palabra.

Anónimo dijo...

Hola, que bien, buenas tu palabras, me llamó la atención un nombre BERNARDO YAÑEZ STUPTNER, resulta que yo lo conozco, quizás el no se acuerde de mi, soy de Arica, si vas a mi blog ahí hay un mono, ese soy yo, saludos y fuerza, ahhh y tambien escribo, novelas, algunas publicadas, un abrazo
Luis Seguel Vorpahl