El minotauro y la bruja

Fragmento de "Minotauro" de Picasso
La bruja se paró finalmente frente al Minotauro que desafiante blandía su arma con toda la ira que el dolor le causaba. 
Llevaba una espina metálica junto al pecho, mientras más roída por el óxido, más odio le causaba, más lo alejaba de su poca humanidad.
La bruja andaba perdida, sus dioses la habían puesto a prueba de soledades, la luna guardó silencio y el sol solo la dejaba guiarse por sus propios pasos, estaba a la deriva por sus propias sombras.
Cuando vio al minotauro, le pareció una criatura espantosa, lo rodeaba la maldad y un círculo de demonios, ella en cambio, pese a su propio sufrimiento, se rodeaba de un círculo de luz, cada vez más debilitado, que la mantenía alejada de sus propios demonios… 
Entonces vio bien, abrió los ojos como dos lunas azules y pensó en el círculo. Ambos, ella y el Minotauro, luchaban por no dejar entrar a los demonios a sus propios aros protectores y pese a la lucha, sus corazones se endurecían, el de ella por sentir que la magia se le había escapado y él, por esa espina de metal oxidada que llevaba en el pecho. Finalmente, no eran tan distintos.
Ella lo miraba de lejos mientras el custodiaba su laberinto, ella se le acercaba cada tanto y el la amenazaba. Ella se alejaba y el minotauro la veía caminar despacio, sin miedo, segura y cada paso, la espina le recordaba el sufrir y rugía. Cada rugido, ella lo tomó como amenaza, cada huida de ella, él la tomó como desprecio a su bestial imagen.
La compasión por el dolor de la bestia y por su propio dolor carente de fundamentos, hizo renaciera la magia en ella, como un brote en Ostara.
Se iluminó, oró, se reconcilió con su propio ser abandonado y maltratado y se preparó para el camino que había descubierto, el que le puso delante sus pies el destino, el que los dioses señalaban y se negaba a seguir dudosa de sus propias habilidades y dones.
Una luna tras otra y el mismo ritual de ir y venir, de  creer lo que no era, de esconderse en el dolor. 
Hadas y elfos, ninfas y duendes observaban a estos seres diferentes en las formas más no en el espíritu.
Con tal de tenerla cerca, el minotauro hacía como que no la veía, soportaba con todas sus fuerzas, el espinoso recordatorio, lloraba escondido tras algún muro que luego destrozaría a golpes cuando ella se marchara. Ella trataba cada vez, de llegar más cerca, cada vez estaba más convencida que de sacar la espina, terminaría la maldición de ambos. Dejó de ver, de pronto, la aterradora figura y comprendió que tras todos esos gestos toscos, rugidos, murallas derribadas, podía ver la luz que aun habitaba en su interior.
Un día cualquiera, ella se aproximó a solo un paso, el sin notarla llegar, pensando que sería cualquier otro ser, se volteó furioso y la golpeó de tal manera que la hizo caer varios metros lejos de él, golpeándose la cabeza y quedando inconsciente. De un salto llego a su lado, verificó delicadamente que ella siguiera con vida y lloró por primera vez, de un dolor nuevo.
Veló su sueño, la protegió del sol con su propia sombra, le dio de beber el rocío sobre las rosas, conjuró a los seres mágicos para que le ayudaran, pero todos ellos le temían a su ira y huyeron, aunque cada tanto se acercaban sigilosos a dejar mieles y frutas para que el pudiera alimentarla hasta que despertara. 
Por las noches, la abrigaba con su propia piel, temía encender un fuego que pudiera lastimar esa piel tan hermosa que iluminaba la luna. Ya no le pareció tan mal que su cuerpo estuviera casi completo cubierto de pelos, no si servía para darle calor, tampoco su descomunal tamaño si le servía para darle sombra.
Día tras día, noche tras noche, cada vez más desesperanzado, le protegió. Un calor le inundó los sentidos, comprendió que la amaba y al reflejarse en el agua, con tristeza, supo que esa criatura pequeña, no le correspondería, pero que sería mejor tenerle cerca, que perderla.
Aromaba su lecho con flores y hojas frescas, imaginó el sonido de su voz, el brillo de su risa, le habló de sus dolores pasados y sus miedos futuros, humanizaba su voz para arrullarla y rendido, muchas veces se durmió a sus pies.
Un amanecer frio abrió los ojos de la bruja, el minotauro dormía ruidosamente, ella se incorporó notando, que las estaciones habían pasado. Miró el laberinto y seguía de pie, ahora cubierto de musgos y enredaderas. Alrededor de ambos crecían hermosas flores, las piedras estaban acomodadas en hermosas formas, todo había sido removido.
Trazó con su varita, un nuevo círculo, alrededor de ambos y cuando finalmente el deosil cerraba con magia nueva el espacio, el minotauro abrió los ojos y la vio de pie, radiante, concentrada con sus ojos cerrados y agradecido dejó que dos gruesas lágrimas de alegría, le rodaran por la cara.
Se miraron fijamente, el perdido en el cielo de sus pupilas, ella perdida en la ambarina miel de los de él.
Uno lejos del otro, ambos dentro del círculo sin poder salir, sin querer salir. Silenciosos. 
Y la luna madre se abrió en el cielo y ella, se vistió de aire para adorar a sus dioses. En el altar las ofrendas. Dejó ahí su athame y su varita, encendió los inciensos, las velas y comenzó a danzar alegre.
Por primera vez, el la vería como era, desnuda, pálida, llena de marcas, huellas, cicatrices atroces, quemaduras horrorosas… era perfecta. 
Ella volteó sonriéndole, caminó hacia él, le tomó la mano y él se dejó atar un lazo que unía su mano y la de ella con tres vueltas y tres nudos.
Con la mano libre, ella arrancó con cuidado el corrompido metal y besó su herida, el besó su frente…. Se perdieron en el laberinto y ni Teseo logró encontrarlos.

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El mejor tripulante de Caleta Riquelme

El verdadero Rambo a la proa y Huaso,
su amo, llevándolo a tierra


Rambo es de esos tripulantes bravos, cruza del muelle a la lancha de pie sobre la proa del bote como los que saben de mar.

Creció en la lancha ese es su hogar, se hizo a la mar desde bien chico, la primera vez venía abrigado en la chaqueta del “guachimán”. 

Cuando está ansioso o le baja el hambre, camina rápido de proa a popa.

Si pasas cerca de su lancha, mejor no acercarse, menos en la noche, Rambo cuida su lugar de trabajo y sustento, es un perro que ladra y muerde. Solo en tierra mueve la cola.


Foto del microcuento dentro del libro "Iquique en 100 palabras"
 gentileza de Rodrigo Flores Farías


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Agustin

Cuando conocí a Agustín, me pareció un hombre muy guapo, además era elegante y sobrio al vestir, siempre bien afeitado y su cabello cuidado al extremo.

Cuando los hombres lo conocían, lo miraban con recelo, por sus ademanes delicados, su respeto extremo hacia las mujeres, sus modales tan a la antigua, esos que a nosotras las mujeres nos encantan, era un galán, siempre  acompañado de mujeres, un séquito de adoradoras que harían lo que fuera por tener unas horas de aventura o una vida de amor con él.

Agustín era un gran amigo, un excelente confidente, lo conocí en las reuniones de arte a las que asistía, él no era artista, pero amaba el arte, era un experto en impresionismo y aunque detestaba el arte naif,  nunca se refería mal a éste… ni a nadie, nunca tenia malas palabras a nadie.

Como buen bailarín que era, era el alma de las fiestas, no había dama que se resistiera a otorgarle una pieza, era la envidia de los hombres, todas las mujeres caían rendidas a sus pies, pero él, todo un caballero, no se aprovechaba de esta especie de suerte. Su irónico humor era la diversión de los hombres, hablaba de todos los temas con elocuencia,.

Según el mismo  contó no había tenido una relación con una mujer desde que murió su mujer, Soledad.  Todos le sabíamos viudo, aunque su relación no era formal o más bien “legal”, pero en estos días nadie ve la unión de dos personas que se aman, como concubinato.  

Todos los domingos, después de asistir sagradamente a misa, visitaba la tumba de esa mujer a la que  tanto amó, le llevaba flores, siempre amarillas y en ocasiones especiales, conseguía las orquídeas mas hermosas para decorar su tumba.

Para casi todos, la vida de Agustín era un verdadero misterio, no para mi y su circulo cercano,  entre amigos, no hay secretos.  Su vida no había nada de distinto a otras vidas, solo que Agustín se había revelado frente su familia, una familia de esas antiguas, conservadoras, de apellidos compuestos. De ahí venían sus modales tan estrictos, una educación en los mejores colegios de la capital, una institutriz en casa, una madre vigilante, tertulias con alta sociedad, viajes al extranjero.

Todo cambió el día que conoció a Soledad, un amor perfecto, que luchó contra todo, lo dejó todo por ella y ella, hizo lo mismo por él, se amaron locamente por 7 largos años, hasta que un día ella enfermó y no habiendo cura, ella decidió quitarse la vida, dejando a Agustín desolado, en una profunda depresión de la que salió solo, dejándolo todo atrás, alejándose definitivamente de su familia y para siempre.

Una tarde nos invitó a sus más cercanos a casa, se cumplían en unos días 15 años de viudez y 22 años desde el día que conoció a Soledad, ese era la finalidad de la celebración, conmemorar el día que el amor, el verdadero y único amor había llegado a su vida, tenia todo preparado por su sirvienta y el servicio de banquetes que solía contratar cada vez que se animaba a celebrar algo.

Pasadas las horas, le bajó el volumen a la música, nos reunió en torno a la mesa y pausadamente nos contó algunas cosas y nos reveló que ya hace dos años padecía la misma enfermedad que soledad y que desde ese día, dejaría de medicarse, no se quitaría la vida, pues la amaba, pero tampoco se sometería a tratamientos largos y dolorosos, estaba dispuesto a asumir con libertad su mortalidad. Todos nos quedamos en silencio, los que estábamos ahí, éramos, justamente, los que sabían la verdadera historia de su vida. Sin dejarnos hablar, leyó lo que era su “Testamento”, a todos nos hizo un regalo, pero cada regalo traía consigo una obligación que tendría que llevarse a cabo el día que el dejara de vivir.

A dos, los mayores, les dio copia de sus tarjetas de crédito y las indicaciones, para que en el momento de saber de su muerte, transfirieran toda su fortuna a algunas obras de caridad que él apoyaba, no era un acto legal, pero ahí estaba el médico, amigo nuestro, que sería quien redactaría su certificado de defunción con una hora diferente a la de su fallecimiento.  A cuatro de nosotras nos encargó vestirlo, el dejaría arreglado el traje que llevaría el día que fuera cremado. Una de nosotras llevaría una parte de sus cenizas al mar, otra llevaría otra parte a Europa, cualquier sitio estaría bien y una tercera, sería la encargada de sepultarla en la tumba justo al lado de la de Soledad, a mi, me correspondería mandar a confeccionar la lápida y ponerla en el cementerio.  A otros les encargó ocuparse de sus libros, donar obras de arte, anunciar tardíamente su muerte, solo los que estábamos ahí sabríamos el día y la hora.

Agustín era un hombre atípico, así que ninguna de sus peticiones  sería fácil de cumplir, pero con el amor que le teníamos y guiados por el profundo respeto que teníamos hacia su persona, las cumpliríamos a cabalidad. Yo, me llevé en un sobre sellado lo que tenía que decir su lápida y el dinero para hacer 10 iguales, “porque es seguro mi querida, que tendrás que reponerla al menos unas cuantas veces”, y se largó a reir. Conociendo su humor, sé que hablaba en serio y le juré solemnemente, que la repondría cuantas veces fuera necesario.
Agustín se marchó de este plano, una lluviosa madrugada de Julio, pocos días después de cumplir 45 años, se marchó elegantemente, en un suspiro mientras dormía. Se hicieron las llamadas correspondientes y cuando las transferencias fueron hechas, con calma y llorando, nuestro amigo el doctor hizo el acta de defunción.

No se le avisó a su familia, seguimos todos sus últimos deseos, lo acompañamos al mar y cantamos para él, todas sus canciones favoritas, fue su despedida una celebración a la vida, fuego, vino, baile, risas, solo buenos recuerdos. En el cementerio estaba todo preparado, estábamos los mismos que acudimos aquella tarde, el párroco que siempre daba las misas a las que asistía los domingos, se sorprendió de la llamada y la rápidamente acudió, dirigió sus mas bellas palabras para Agustín y se marchó, recomendándonos anunciar la muerte a la familia lo antes posible. Otra parte de él viajó a Europa un mes más tarde, cumplida esta penúltima voluntad, los que quedamos, nos dirigimos con la lápida que él había pedido y al descubrirla, todos reímos de buena gana, sólo él podría tener el valor de tener una lápida como aquella, una lápida que he repuesto ocho veces, unas cuantas porque fue rota, otras porque su familia la quitó para poner otra, hasta que se cansaron o quizá hicieron que lo olvidaron a causa de la “vergüenza que ese descarriado los hizo padecer en vida y ahora en muerte”.

Escribo esto el día que visito a Agustín en su tumba, se me vienen a la mente, grandes momentos a su lado, hace dos años que no necesito reponer su lápida, claro que mucho ayuda que el vigilante del cementerio se enterara de nuestra historia para que el quisiera cuidarlo con especial esmero, su hijo también había muerto por la misma enfermedad….

Dejo un gran ramo de rosas amarillas, justo en medio de dos lápidas, la de Soledad y la de Agustín, la de Soledad dice: “Soledad, me dejas prendido a tu nombre, mi fidelidad contigo y nosotros, hasta el día de nuestro rencuentro. Tu amado Agustín” y la de Agustín dice hasta hoy y para siempre “Aquí está el cuerpo inerte del que en vida fuera Agustín, quien se negó a vivir como Florencia”





Para ti, que estas en el cielo, un poco fantasía como te hubiese gustado,
la verdad, envuelta en el glamour de los sueños y el amor de los amigos.
Usé  los nombres que tu adorabas ¿esta bien asi?
Me haces falta

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Osiris, el gato


Luna llena, la Diosa nos bendice, los dioses han confabulado para que yo esté aquí con la piel erizada por la luz fría, sin embargo, mis ojos están fijos, mi presa no se mueve, sabe que estoy aquí y yo se que está ahí, no puedo verla, está escondida, me presiente o presiente lo que está por suceder, a pesar que mis ojos distinguen todo en la oscuridad de la noche y más aun cuando la luna madre esta de mi lado es esta noche de Beltane… pero no puedo cazar, mi ama no me perdería jamás una traicióna la tradición, esta noche está dedicada a la Diosa madre.

Mi ama ya tomó el athame y la varita, pronto llegaran los demás, ella canta y me habla, la comprendo, pero soy un gato y en mi naturaleza no está el responderle, solo le anuncio aquellos sitios que requieren limpieza o a cazar duendes sin que ella sepa.

En el altar están todos los elementos, solo falta el fuego, pero para eso es necesario que lleguen los otros.

Ya llegan y sigo en el techo, poco a poco se van reuniendo en el jardín, saludan a los árboles y a las hadas presentes, miran el cielo, pronto la luna estará en su sitio y todo comenzará.

Las luces eléctricas se apagan, solo las antorchas alumbran y así lo harán hasta que prendan la hoguera, mi piel se eriza de rabia, quiero coger la presa, pero no puedo esta noche…

Tengo que trabajar, estar junto a mi ama antes de que cierre el círculo y prenda la hoguera… esta noche seremos bendecidos dice ella, yo solo sé que quiero cazar y como cada esbast no puedo hacerlo, si, la tradición así lo dicta… pero solo soy un gato, esto de la tradición le pertenece al coven… mi ama me mira en cuando pienso esto, mientras todos elevan sus varitas me sonríe en medio de la celebración, adivina mis pensamientos, ella puede hacerlo y me dice: Osiris, hermano querido, sabías que esto pasaría cuando decidiste ser el gato de una bruja.

Tiene razón, siempre seré un gato, pero esta noche, soy parte de ellos, del círculo, de la luna, de los Dioses.


Por amor a los dioses...
Dedicado a los hermanos que entienden y vivencian





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Crimen imperfecto



No supo en que momento paso de ser víctima a victimaria, la línea era demasiado frágil, muy simple de romper o simplemente pasar al otro lado, es que en soledad y gobernado por la ira y el dolor, los fantasmas de la venganza son enormes y soplan al odio ideas malsanas, ideas que no se meditan, que ejecutas sin peguntar.

Ahora el agresor había cambiado de forma, fue primero una bestia, de enormes proporciones que dejando la sin libertad de movimientos había descargado en ella sus más asquerosos instintos, primero el abuso, la tortura, el dolor, la invasión a lo propio, la utilización, la había marcado como a una bestia, por que él era la bestia, dejó en ella marcas imborrables, con el fuego de la indolencia y la autosatisfacción. Su nueva forma no se dejaba ver, era una posesión imperceptible, que se alimentaba de ella, cuando ella se dio cuenta, ya era algo tarde, las marcas la habían hecho insensible, el tiempo necesario para que la nueva bestia ocupara el lugar que tenia ahora, justo dentro de ella.

Destrozó a su paso ensoñaciones y creencias, bloqueo la bondad que manaba por los ojos, hizo de ella un ente sin pensamiento ni lógica.

Estaba al borde del colapso, la posesión no terminaría con un exorcismo, este era mucho peor, trató de ahogarlo, mas su poder era tal que oxígeno no necesitaba, se nutría de ella, no podía dejar de alimentarlo, se hacía con eso más fuerte, entonces trató de envenenarlo... nada de lo que hiciera, la liberaba, en su redonda cápsula, crecía a diario, era una coraza difícil de traspasar y a cada intento de eliminarlo, ella eliminaba parte de su alma.

          Lejos de estar en sus manos, contrató a un especialista, el precio era alto, pero el costo era lo justo. De impecable blanco con armas nuevas y limpias se preparó para el crimen, primero la tortura, le dejó sin agua y sin aire, con implementos nuevos, invadiéndola, logró romper la coraza, era blanda, pero poderosa, vació el liquido que la contenía esperando que saliera en pequeños esfuerzos, más la lucha era espectacular, se resistía a su muerte, la llenaba de convulsiones, la hacía sudar, bajo los efectos de los tranquilizantes podía ver los hechos por lo que había pagado...

El especialista supo esperar, tarde o temprano el agotamiento, la falta de oxigeno lo haría fallecer, eso no sucedió, el tiempo apremiaba y entonces, con energías menguadas, empezó a sufrir una tortura peor, fue desmembrado, el asesino de albas vestiduras disfrutaba el acto, llenaba de sangre sus armas y sus manos sin ninguna compasión, tan certero cómo una máquina, con la actitud de quien ha hecho esta labor por años, con un sonido sordo le quito sus extremidades, luego la cabeza y al final, logró sacar de ella el resto del cuerpo, lo metió dentro de la mortaja que ya tenia preparada y lo tiró a la basura, sin ceremonia, el crimen perfecto, sin testigos, quedaría oculto para siempre a los ojos del mundo. Un trabajo limpio, ni una mancha de sangre en su blanco delantal y una sonrisa perfecta de satisfacción por la labor cumplida.

Fue entonces que recobró la cordura, al pasar el efecto de los sedantes, liberada del peso de quien la poseyera, vio que la víctima era inocente, no era una bestia, la bestia era sólo parte de su imaginación corrompida por el sufrimiento, ahora no sólo era cómplice, también una asesina, no solo había intentado eliminar al inocente, también había pagado por lograrlo.

Se entregó a la peor de las cárceles, su conciencia y en esta prisión la tortura es severa, por las noches, en sueños, escucha el llanto del inocente y ve paso a paso la carnicería.

            A su victimario lo dejó en libertad, paga condena por ambos, la justicia injusta, no pudo liberarla de sus cargos, ellos, la bestia y el especialista, gozan del sueño sin culpa. La culpa de sangre, no la libera a ella.












Nota de la autora: El aborto es "un tema" que genera grandes debates. Yo, tengo mi propia opinión respecto "al tema". Siento que mucho se dice, pero poco se hace, creo firmemente que es una cuestión de conciencia, cada cual tiene la suya y puede hacer lo que le parezca, si existe un juicio al final de nuestras vidas, cada cual lo enfrentará solo... en este caso SOLA. No voy a debatir sobre "el tema", creo en las libertades. Como decía un amigo, si esta en contra del aborto, no aborte.
Comente lo que quiera, creo en la libre expresión, me apegaré a las sabias palabras de Voltaire "No comparto tu opinión pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla" 





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